Desde el vientre sin tiempo, ni memoria y con conciencia, única forma posible de vida. El individuo, desborda un viaje pasional y temporal para ser lo que es: una pálida promesa sin tiempo, ni memoria.
********************* Ya nada importa, todo lo perdí y todo lo gane. El fin es un juego que no tiene fin, y cada comienzo tiene un valor incalculable. Vivir otra vida con la misma sangre preanuncia una irreparable existencia.
Una carcajada negra e hiriente se nota en el plástico, atragantada de sensualidad: glorifica un falso espectáculo, como una lengua popular. Alivia pasajeras angustias, tentadas por la voluntad de reptiles hostiles, dejando sin luz a los espíritus luchadores. Para ti, espanto sombrío estos versos... Para ti, que devoras poco a poco la inocencia del hombre caído.
Los exilios voluntarios, por María del Pilar Moreno Martínez
Los exilios voluntarios enmudecen las piernas sombrías de los cuerpos; asaltan con ignorancia el rumiante secreto de los héroes.
Los testimonios fueron callados por la indefinición de las historias que crean aquella cadena de retos ilegítimamente guardados.
Excluyen en forma decisiva la violencia de entrar por medios propios a las tumbas y torturan la experiencia a la que destruyen como a mercancía; crean aquellos relatos cortos a los a perpetuidad reemplazan por otros.
Dicen y al mismo tiempo no como liberaron los testimonios protegidos por el anonimato.
Nómadas vagan los camellos por algún desierto rebuscando en el fondo de las bolsas la honda seducción de alguna luna; y la indefinición claudica en un momento cuando se forman las letras que acallan las explicaciones en el especial zanjón de las tumbas perdidas y de alguna muerte lejana.
Por momentos la ilusión se despega de la realidad, no quiere volver, no vuelve, se siente libre en su inmensidad. Allí, el adiós no es despedida y el yo no es yo, ni tú; todo lo contrario. Desde entonces, solitaria y llena abraza, abraza…
***
Descubro la poesía, la mía, en medio de la enredadera cotidiana. Con hoja y lápiz en mano, escribo hurgando el paisaje interior. El viento vuela de un lugar a otro con los versos, y ahí voy yo, respirando por primera vez: descubro la poesía, ¡la mía!
***
Mis pies caminan a la deriva, esperando el encuentro de una señal. Susurro en mí ser que sea Ella, en el camino. Cansado sin ver, como un ciego escucho: el frescor estúpido del amor. En silencio, a la deriva sigo.
cada nuevo amanecer abro los ojos intentando desperezarme de tu ausencia rendirme a la evidencia de que ya no estás tras las persianas sólo veo árboles sin hojas aceras que ya no sostienen tus pasos calles por donde ya no cruzas para acercarte a mi añoranza entonces la soledad es un martillo golpeando mi cabeza y lacerando mis horas inútiles qué difícil este empeño de creerme que estoy aprendiendo a vivir sin tu amor asfixiándome en la pesadez de los domingos que reptan en mi entorno lentos y agobiantes porque ya no estamos juntos en ese mismo espacio donde quizás recuerdes el tiempo de los dos que absurdamente se nos ha escapado me esfuerzo inútilmente en deshacer nostalgias en olvidar recuerdos en no pronunciar en voz alta tu nombre pero qué difícil qué imposible este empeño de creerme que estoy aprendiendo a vivir sin tu amor
Pues va a ser que el viejo Heráclito tenía razón: no hay amor infinito ni amistad al cien por ciento confiable, segura, duradera. Todo pasa y a veces no queda sino un pobre recuerdo de lo que pudo ser porque no fuimos capaces de hacer que lo fuera en realidad y no sólo en los recónditos deseos de lo hermoso que podía haber sido. La vida siempre nos juega una mala pasada y cuando más nos creemos afianzados a un hallazgo, a una esperanza, al toque de la varita mágica que por fin nos regala su halo inconsútil, suena el despertador que nos sacude gritándonos, interrumpiendo el sueño embelesado de la idealización -siempre hermosa, edificante, alentadora-, que ya es la hora de que reaccionemos a tiempo de no caer en el abismo de la verdad tan cruel que nos aplasta y nos convierte en un desencontrado más...
ESTA CASA MIA DONDE YA NO RESPIRO, por Augusto Lázaro
tu perfume, el perfume que siempre dejabas en la almohada después del intermedio a un nuevo encuentro desenfrenado y a la vez tan lleno de ternura en el epílogo esta casa mía donde sólo ha quedado la rememoración de nuestro atormentado amor amenazado siempre por tus nerviosas miradas al reloj y tus impedimentos para dedicarnos por entero a amarnos sin más paliativos que la muerte cuando al fin nos separara aunque nos habíamos jurado en el vórtice del placer disfrutado hasta el clímax amarnos hasta después de muertos ¡qué ilusos! ¡qué desatinados tan inmersos en el escaso tiempo y en el reducido espacio que cobijó nuestro inusual cariño! y ahora ¡ay! ya no queda más que el resto de lo poco que pudimos permitirnos en esta casa mía tan llena de tarecos de cosas inútiles que me rodean cuando inevitable y repetidamente te echo tanto de menos
Veintiún años de un suspiro, donde otros te conocieron más aún y yo te viví dentro. Es extraña la ausencia de alguien que no estuvo y que llegó a ser mucho. Es difícil decirles que te recuerdo, contarles que sé todo de vos desde la intuición por haber sido parte de tu cuerpo. Podría describirte según mi imaginación y contarles que sos tierna y suave Te veo soñadora y graciosa. Sentada a mi lado abrumada por mis desganos y nostalgias, observándome de lejos anclada en mi vida Queriéndome a la fuerza de esa forma y sintiendo mi misma añoranza de un abrazo... Se sorprenden porque recuerdo tu perfume y no notaron que es idéntico al mío; que se siente en el ambiente, que lo llevo en el espíritu y se cuela por mis poros para cicatrizar heridas de otros tiempos.
Sangre del cielo diserta en la tierra el llanto de los dioses, empapando la quietud de las sombras, que gozan. Y el silencio crece, mojado en la sensualidad de los amantes.
El cuerpo que habito áspero como la mentira, se mira frente al espejo tratando de atrapar la pasajera imagen, que sabe a ceguedad. Y busco en esa estatua el susurro infinito de la inocencia, para mutar en el frenesí del resplandor.
Cansado de hablar sin voz recito unos versos que imploran tristeza en la hoja Y ellos, con su gran soledad muestran la frágil imagen de un mortal. No tengo condena, si tengo vida para conducirme hacia el recuerdo - vestigio olvidado- de la muda esperanza.
LAGRIMAS ROTAS (para ella sin saber nada de esto), por Jorge López
Ultimas copas rayan el amanecer, el cansancio agota, miras al frente y ya no ves en la esquina del bar, ningún idiota.
Lágrimas rotas que rodarán mejilla abajo hasta la sopa, adolescencia que bulló en un abrir y cerrar de piernas peligrosas; cicatrices que no besarán tu boca, y no hicieron más que hervir, en el vil relámpago de la memoria, delirios de un amor que sangró en su derrota.
Ya no te veo, de vez en cuando alguna vez de lejos. Ya no atraviesa mi frente la luz de tus ojos negros, ni me paro temblando, en el aire que enreda tu pelo, ni trepo, ni ladro, ni muero, ni mato por ti, como aquel enero, cuando me dijiste “no te puedo querer”, y yo, te seguía queriendo, y, ¡sin podértelo demostrar!.
Ya no me duele recordar lo que no fue, hoy quemo en un papel tantos años haciéndome comprender.
Transeúnte excrecencia que acaricias los poros del rescoldo esa lágrima de árbol que resguarda la memoria pájara y gris indefinida una brisa que se apaga al mediodía porque todo es octubre raza que anochece estertor de arcilla estupor irrevocable ala y escombro sobre ruina.
Cómo decir: quema la herradura, lastima los oídos la lengua del belfo, si tienes castrada la lengua y amordazados los dientes. Dilo con un grito en el agua.
¿Y tú transeúnte excrecencia? Gran Libro de extirpada página tienes llena de oro la boca. Acaricias a la madre que asesina sus entrañas en el agua.
Cansada de las callosidades hambrientas de la mugre en las uñas del barro en los pies. Resbala monótona tristeza de gota en la ventana acariciando prominentes pómulos desembocando en tus labios mudos
Diáfano como alas de libélula esteparia imperceptible, inane, compuesto de misterios y laberintos minúsculos. En el vano de las cosas inocuas, también en los piélagos y en el ápice, en el tímido pábilo: dilatorio y mortecino... finalmente las prístinas sombras: infinitas y sin memoria.
Como un cuento en que los príncipes rescatan doncellas, así decidió esperar algún día a que vuelva. Sin enojo, sin lágrimas, sin más…sumergida en un sueño profundo y ese beso que la despierta, adormecida aún, con la pesadez del transcurso del tiempo. Mientras tanto soñar... Y decidió escribir esta historia para que algún día quizás la lea aquel, su príncipe hacedor de sueños. Pasó el tiempo y cuando lo invoca se enferma de amor sin diagnósticos certeros. Cada síntoma travieso le recuerda que no hay cura para el amor, no hay remedio; sólo él sabe sanar el deseo...y esa mágica poción es para el último aliento. En el cuento es tan vívido ese último encuentro recorriendo con las yemas de sus dedos sus labios sus párpados caídos; cada recodo de su rostro surcados en su memoria. Rozando suavemente para no dañar ese recuerdo y luego apoyando sus labios en los suyos, en sus mejillas, en su piel, en su cuello con el corazón latiendo en esos lugares tan profundos tan mágicos y de ensueños. Sobre sus hombros se pierde, se embriaga, se nutre, se olvida. No hay palabras solo silencios que impiden definir el amor sin tiempo. De memoria recorriendo el amor porque ya no hay cuerpo! Y lo ama sin consuelo como un niño que perdió su juego. El desgarro de parir sin vida. Besando sus labios delicadamente como si fueran un cristal a punto de quebrarse, apenas el contacto, respirando y rozando como mariposa en su último aliento. Los sentidos, ¡qué bendición los sentidos!, la vista, el olfato, el gusto, el oído y el tacto. El registro en cada uno hacen parirlo de nuevo a capricho y voluntad de su cuento. Y resguardan hasta el fin de sus días esa huella indeleble de acero que ni aún la muerte puede borrar si es que hay un Edén sin tiempo. Qué más da ella lo ama y el tiempo no tiene tiempos en la eternidad del último encuentro. Recorriendo lo que es suyo lo guardó en el cofre de recuerdos y de la mejor manera: perfecto, sin defectos. Hoy, mañana…cuando quiera, lo evoca a capricho porque lo lleva adentro y lo grita en silencio aunque él no lo escuche y aunque quede sin voz al hacerlo.
Las voces de los versos Van cavando, Los impulsos del placer, Que inducen Reflexiones internas. Y el tentador revoltijo, Tejido de incertidumbre, En la luz, Registra el pulso Agitado del silencio; Mientras rescata A quien lo interpela.
Diáfano como alas de libélula esteparia imperceptible, inane, compuesto de misterios y laberintos minúsculos. En el vano de las cosas inocuas, también en los piélagos y en el ápice, en el tímido pábilo: dilatorio y mortecino... finalmente las prístinas sombras: infinitas y sin memoria.
Consumido como una vela recorre el espacio moldeando el deseo de estar vivo. Redobla la memoria envuelto de esperanza, donde vibrará el mañana. Cerca del esperado fin declina fastidioso por la ausencia del hoy. Y se inmola en la fosa del sueño.
Desde el desdén los acontecimientos giran con desgano. Los proyectos quedan insomnes, vestidos de luto en la avenida de la bienvenida. Las decisiones, clausuradas en el mañana remiten incertidumbre con la renuncia. Y el abandono, no obligado elige bancar el fracaso, como forma de vida.
Atrapado en la oscuridad, abarrotada cuando el sol se pierde, desmembró pensamientos, que son encantos aun en la tormenta de simulación, al igual que un grito gutural, mientras delimita la salida con grandes promesas. Y yo, tan solo… en la despedida, que todavía no ha llegado.
Es una casa rodante doblada en la punta y de estilo surrealista. Adorna la vereda como visita obligada de los días. En su interior, las sillas no son sillas, no hay mesas y las paredes son de cuero. Sus habitantes, una familia de cinco, muy unida. No reciben a nadie, ni a su vecino por su olor a queso. Juntos e inseparables caminan a su destino con pequeños saltos. La casa rodante, es mi pié. Y yo, escribiéndole…
Imantada en su celda redonda circula recta hacia el norte sin mirar a los costados ni atrás, desnudando los vestigios del rumbo. Tiene asuntos pendientes en el sur que jamás podrá realizar como buscando consuelo se dice: - dios es JUSTO.
Iba desnudo caminando por el cielo cuando de repente… una nube con forma de botella, escupiendo el corcho se acerca a los gritos. Sin entender lo que pasa frente a mí se para. Altiva y derrumbándose con espumas en la boca me dice: - el vacío está cerca. Sólo quería el último beso.
El genio de la lámpara aparece cansado de tantos masajes. Con cierta gracia y elegancia muestra la cabeza impulsado por el bostezo hasta la sonrisa del creyente. Escucha los deseos (tres) de honor, sabiduría y educación. Sorprendido por el pedido otorga los tres en uno. Sobrellevando los restantes por la nada. El genio nunca volvió a la lámpara.
¿Qué es navegar por los copos de nieve? Quizás uno busca en este viaje algún ruido de voces ante tanto silencio blanco voces que lleguen desde el sol o desde una cálida noche llovida de estrellas. Ya me envuelve la fatiga del camino por estos infinitos paisajes patagónicos abriré mis manos para dar mi brújula y mis nómades tesoros. Ahora debo guardar mis ropas y mis poemas en el cajón vacío de tus medias y después vender mi linyera al caminante joven a quien veré marchar.
Crecí junto a ella, la abuela Rosario. La vida nos trajo hacia tierras húmedas rociadas, mojadas por gotas de plata. Quedaron tan lejos los cañaverales las zambas, los ritos, pequeños lagartos. Quedaron las tumbas, fantasmales gritos de guerras patrióticas, de indígenas sabios. Quedaban...quedaban...todas las raíces el trópico, la selva, los cerros perfumes lejanos.
¿Qué trajo con ella la abuela Rosario? Más que palabras evoco sus silencios trágicos silencios, silencios de ausencias y su mirada, tierra oscura de musgos, doliente, sorprendida de ver horizontes. Su olor a naranjos y su caramelo de menta y el cigarrillo de chala que fumaba por semana. Sus velas, sus santos, su fe inquebrantable.
En la gran cocina de la casa platense ella esculpía, pintaba con sus manos mágicas el aroma lujurioso, el sabor profundo, misterioso de las antiguas, exquisitas comidas del Noroeste; tamales, tortillas, locros, empanadas ají molido, cebolla de verdeo, ternura y una niña quieta que heredó nostalgias mirando asombrada, como se amasaba con las manos mágicas, repletas de historia un destino errante. Imágenes, largos cabellos canosos, peinetones Imágenes, arrugas morenas y el tiempo abuela Rosario. Está por nevar y no entiendo al viento, a tu ausencia, ni a iconos olvidados de la infancia.*************************
LA DUEÑA DEL MUNDO. Ana María Manceda, en Antología “El color de las palabras” 2009
Es irónico, al menos risueño, ir en un bus hacia el trabajo una mañana de primavera y sentirse la dueña del mundo porque sí, porque los ojos inmensos brillan , el cerebro bulle de proyectos y las hormonas esclavizan el cuerpo. Soy la dueña del mundo. Vivo al límite, por eso he llorado y he escrito un poema esta mañana, tan solo esta mañana por la guerra de Viet-Nam. El otro día, la semana pasada fue por lo de la FAO.¡ Hay hambre en el mundo! Mientras la lluvia cae insobornable sobre la historia, arrasando las espigas y las esperanzas. La sequía acecha, el desierto acecha. Y los pájaros cantan sobre la tierra. Soy la dueña del mundo, no me alcanza el tiempo, aún a los dueños del mundo no les alcanza el tiempo. Por la tarde, mientras el sol se cuelga e insiste empujando los vitrales del subsuelo, ayudado por los aromas de las flores del bosque que abraza a la Facultad, me sorprende extasiada mirando por el microscopio ; una célula vegetal o la espora de un hongo o el perfecto cristal de una roca. Yo extasiada, y no me alcanza el tiempo. Por la noche el azar me lleva, el tiempo tampoco alcanza las estrellas se alejan, mis manos, mi cuerpo no pueden seguirlas quizás mi cerebro; sí mi cerebro, sí mi cerebro. Amanece. La dueña del mundo comienza su ebullición. Ocurren tantas cosas en el planeta y la familia sigue la estúpida, nociva tarea de autodestruirse, mientras ocurren tantas cosas en el planeta. La lluvia cae y el desierto acecha. Los pájaros siempre cantan. Olores, jazmines, río , noche húmeda. sabores, panchos, pizzas, asados. Crepúsculo y cerveza. Amores. Libros, libros, libros. Música, amigos, se juega a ser hippie, bellos, comprometidos. Recitamos poemas en francés. Es irónico, al menos risueño ir en un bus y sentirse, porque sí, la dueña del mundo. Hace mucho, mucho tiempo. Ahora es más irónico aún. Amanece, caen copos de nieve en mi jardín en la cama, un cuaderno, una lapicera y mi cerebro sí , mi cerebro ¡ Flasch! Y soy la dueña del mundo.******
ANA MARÍA MANCEDA . SAN MARTÍN DE LOS ANDES. ARGENTINA
Cada vez que lloras, ríos de llanto vienen hacia mí desde el lugar más austral de tu corazón. ¡Princesa del Sur!
Cada vez que hablas, tus palabras me traen el cristal del azúcar y la lluvia fértil para mis sentidos.
Cada vez que sonríes, me das la alegría de la cosecha y la esperanza de volver a sembrar. En invierno, me regalas rayos de sol y en verano, los hielos del Aconquija.
Sólo tengo por cierto en este caminar inseguro que tu realeza sobrepasa a mi pobre corazón plebeyo.
VERSOS BRUTALES, por Marcelo Gómez Bello (4 de mayo de 2011)
El presente devoró mi pasado intemporal me siento No tengo nostalgia tengo soledad, desconsuelo y llanto. Hoy soy así, vivo los días sin ayer masticando el desolado porvenir de un pasado vencido.
Me despierto después del ocaso pero ya es tarde, estoy solo. Recorro inocente por los pasillos de guardapolvos blancos. Nadie escucha mis gritos, el eco del vacío destella en la nada. Soy el único que escucha, pero ya es tarde, diagnosticado de demencia libre de culpas, me despierto.
El umbral de la casa oscuro y empapado de hojas de otoño recoge con el viento la necesidad de un camino solitario. Pero no podrá con las hojas que inventan alas y vuelan con los sueños.
Qué digo ahora, si todo quedó dicho sin palabras por verónicas sobre la arena, más esa media irrepetible de un ángel de seda.
Si hoy las Ventas, del Espíritu Santo ha vibrado como nunca, ha sentido el toreo estremecerse a flor de piel en sus cimientos.
Y ha llorado, como lloran los toreros como tu. como lloran los torpes maletillas como yo, de emoción y de alegría, por ese sueño hecho realidad en tus muñecas.
Volando al aire el capote anunciador del éxtasis de tu embroque, cosiendo cada centímetro de embestida a la escultura viva de tu empaque, jugando con la muerte entre alamares.
Al limbo de los pegapases, después de ti, todos y nadie, un lujo sin igual, punto y aparte: ver deletrear con tu arte el abecedario de los toros.
Morante y las Ventas marcan un antes y un después quedará grabado en la memoria del tiempo, por los siglos de los siglos. Amen.
Es la noche inhóspita en la que todo parece terminar, como termina todo, la noche que arremete desde el cielo con su furia, de relámpagos y truenos, cruel estrépito que llora otra muerte entre mil muertes. A la misma hora, en el mismo día, en el que un corazón rebosa veneno, y, un algo parecido al diablo, habla con mi boca, y camina con mis pies, y se retuerce después inyectado en sangre, partícipe de mi derrota inexorable; desesperando, tras la ilusión que emana en sangre de las venas del dolor.
Admiro a los que lucen inteligentes, por Diego Marazza
Admiro a los que lucen inteligentes, opinan cosas brillantes y son perspicaces. Yo me siento torpe, al extremo de que mis pálpitos se pierden, pues son pálpitos de un distraído. Admiro a los que creen en un dios, cuando los horrores de la condición humana alcanzarían para desconfiar de su mediación divina y de su "a imagen y semejanza". Los envidio sinceramente y con fervor; mi estupidez es tal que deposito mi pasión en mirar pasiones ajenas. Admiro a los que son limpios de espíritu, a la gente que muestra sus sentimientos sin reparos, porque en ello reside su fortaleza. Yo esquivo exponerlos por miedo, creyendo que lo hago por delicadeza. Admiro a los honestos de bolsillo y de alma: yo soy un fluctuante entre el ser y el parecer y a menudo he propiciado pequeños hurtos con el atenuante que el mundo me debe algo por tratarme tan injustamente. Admiro a los que descubren en los catálogos cómo funcionan los aparatos domésticos; a los que recuerdan los nombres de cada actor, cada película, cada libro; a los entendidos en tópicos inasibles como circuitos eléctricos o mecánicas de objetos necesarios. Mi ciencia sólo sabe de dispersión y desmemoria: cuento estrellas y las clasifico por color hasta que me quedo dormido. Admiro a los prósperos que se han labrado un porvenir mercando con necesidades ajenas como la salud, la comida o el sexo. Debo ser un estúpido que no podría dormir tranquilo sabiendo que lo que tengo lo necesitan otros y sólo pagando evitarían sus hambres distintas. Admiro a los que saben seducir. En la mayoría de los casos las mujeres a las que accedo terminan contrariadas con mi cortejo y aceptan más por aburrimiento que por deseo. Admiro a los náuticos, a los marinos de verdad que conocen la lucha brava contra los elementos. Yo sólo soy un estúpido que sabe mucho de literatura de oleaje pero de seguro vomitaría en cubierta ante un leve azote del pampero. Además creo que bajo la superficie hay algo monstruoso que acecha y me está esperando desde siempre. Admiro a los que logran salir indemnes de las mentiras; psicópatas domésticos e imperturbables, triunfantes de oratoria sensual. Yo soy un estúpido que cree que las palabras tienen vida propia y que su mal uso las envenena. Soy de los que tartamudean con cualquier sanata inofensiva. Admiro a los que cuentan chistes con gracia y se constituyen en el alma de las fiestas. En ellas suelo elegir un rincón y se me pegan chifladas, solitarios o poseídos indefectiblemente. Admiro a los que saben seducir. En la mayoría de los casos las mujeres a las que accedo terminan contrariadas con mi cortejo y aceptan más por aburrimiento que por deseo. Admiro a los náuticos, a los marinos de verdad que conocen la lucha brava contra los elementos. Yo sólo soy un estúpido que sabe mucho de literatura de oleaje pero de seguro vomitaría en cubierta ante un leve azote del pampero. Además creo que bajo la superficie hay algo monstruoso que acecha y me está esperando desde siempre. Admiro a los que logran salir indemnes de las mentiras; psicópatas domésticos e imperturbables, triunfantes de oratoria sensual. Yo soy un estúpido que cree que las palabras tienen vida propia y que su mal uso las envenena. Soy de los que tartamudean con cualquier sanata inofensiva. Admiro a los que cuentan chistes con gracia y se constituyen en el alma de las fiestas. En ellas suelo elegir un rincón y se me pegan chifladas, solitarios o poseídos indefectiblemente. Admiro a los ambientalistas que protegen el aire, la tierra, el agua o que salvan especies enteras del exterminio. Soy un estúpido que aún hoy tira los papeles en el piso y al ver a un animal no deja de pensar cómo sabrá su carne a la parrilla. Admiro a los diseñadores, a quienes saben combinar pigmentos y ropa: yo no puedo ponerme una camisa y un pantalón sin parecerme a Piñón Fijo. Admiro a quienes disfrutan con el baile y se los ve ligeros, libres en serio. Yo soy un estúpido fóbico y anorgásmico para las cuestiones de la danza; uno de esos que sueñan con lanzarse a las pistas y volar dentro de sus zapatos, pero éstos están rellenos de plomo y toda la gente no hace más que fijarse en nosotros, esperando que caigamos en ridículo. Admiro a los felices sin testigos ni sombras de acechanzas: soy como he dicho otro, un paranoico al revés que teme que la gente busque hacerlo feliz. Admiro a quienes tienen paciencia con los niños y los entienden: soy un estúpido sin talento para el hecho. Son para mí unas presencias animales insondables como las criaturas que viven en el fondo de los mares. Admiro al que cree en el más allá. Yo no dejo de pensar que es un placebo redentor que nos hace conformistas, pero amortigua los dolores. Debo ser un estúpido que solo compra cosas nuevas, nunca usadas. Admiro a los vencidos que lucen estoicos, a los héroes que no están en el bronce, a los luchadores sociales con el corazón intacto. Yo sólo soy un pobre estúpido que desconfía, aun de las causas justas. Admiro a los elegantes y a los nocturnos, a los revolucionarios y a los audaces, a los agnósticos y a los ilógicos, a los libertos y a los libertinos. A los jóvenes amables, a las mujeres prácticas, a los viejos expertos. A los argonautas y a los astronautas, a los pacifistas y a los paisajistas, a los perdedores y a los emprendedores, a los exóticos y a los exagerados. Admiro a todos ellos y a muchos más. Todo lo ajeno me deslumbra y me parece rotundo. Yo sólo soy uno que no entiende de nada y deduce que el mundo ha de ser por siempre ancho y ajeno. Un estúpido al que sólo le interesa cómo se combinan las palabras. Pero hoy en día, ya no sé qué siento realmente. Mi cabeza me pide condescendencia y armonía, pero un fragmento de ella me contraría, empeñada en mantenerme de malhumor. Con mi tendencia bien argentina de erradicar los males de forma impropia, les echo la culpa a los demás; a la nevada en ciernes, anunciada por los medios, a la aprobación de la ley de unión civil para que todos amemos con igual intensidad y, tal vez, al campeonato adverso de una divisa que sienta sus reales por el parque de la Independencia. Aduzco un cansancio acumulado, el abandono de la plaza de buscador de encuentros amorosos y de una edad más que adulta con su consiguiente menopausia varonil. Antes, y no hace mucho, me molestaba por ejemplo la invasión de propaganda yanqui, ahora lo que me disgusta es que sus productos sean tan caros.
Antes me ofuscaba el ocultamiento de la verdad, ahora me preocupa cuando una amante no sabe mantener el secreto de su condición. Antes me contrariaban los lejanos disparos de una guerra, ahora me pone nervioso el silbato del cuidador nocturno o el estúpido campanilleo del vendedor de helados. Antes me enloquecía no poder establecer una comunicación telefónica, ahora las indicaciones interminables de una voz grabada. Antes el libre albedrío que debía reinar en una casa, ahora las miguitas en la cama, el olor del sanitario o un mate mal cebado.
He pasado de una molestia universal, poética y humanitaria a otra de cabotaje, pequeña, mísera, caprichosa. Es mi nueva condición y lo admito. Hay menos selvas pero más desiertos. Menos golpes de Estado pero más Estados forjados a los golpes. Menos fábricas pero más humo. Menos petróleo pero más automóviles. Más democracia pero menos ideas. Poco ha cambiado, no obstante. La gente se asesina por un plato de fideos, un color, una divisa o una mujer. Y el mundo sigue andando, sólo que ahora, en mi territorio de nuevo varón adulto, sencillamente me electrizan las minucias que yo antes reservaba a los otros, a los tontos, a los llanos, a los chatos.
Mi malestar se compone de fobias puras, de dolores agudos en el alma de las cosas y los objetos; una superstición sobre la malignidad del destino que vive haciendo lo imposible para que no me sienta pleno. Y para muestra un resumen de incomodidades: los vendedores que te atienden como si te hicieran un favor enorme; las confesiones ruidosas en los bares y con celulares; los autos en doble fila o los que pasan atronando marcha o cumbia; los artistas callejeros sin talento, los enfermos de optimismo, los chicos perdiendo juventud en los cybers, los graffitis idiotas, los taxistas que se creen filósofos y las modelos que se creen actrices. Los festejos del Día del Amigo, las reuniones de ex alumnos y los clubes de enólogos. Los ascensores pequeños, los relatores deportivos y los bares mugrientos. Los que rechinan los dientes en busca de una basurita, las biromes secas y la demora de los remises a domicilio. La gente que habla del tiempo, los que silban una melodía interminable y desafinada, los chóferes que te abruman con la mecánica de sus cascajos, las canciones parroquiales que emanan de algún antro religioso, los conductores de programas infantiles, los Operación Triunfo, los que dejan ladrar a sus mascotas durante horas, los galanes bronceados. Y así, un sinfín de pequeñeces que me hacen la vida difícil.
Ya no sé lo que siento en mi nueva piel. Antes era veloz y despectivo con estos avatares; los eludía con elegancia juvenil, ahora me atropellan. Esta mañana, por ejemplo, muy temprano en la pantalla de mi televisor apareció un funcionario cortando una cinta inaugural de algo; luego un cantante me aulló acerca de una verdad reveladora y una propaganda de manteca me instaba a creer que gracias a un pote redondo la familia estaría más cerca del amor. Luego, quise salir y no encontré las llaves, ni el paraguas, ni mis dientes postizos. Vivo contrariado, confuso, ofuscado y a años luz de lo que fui y presentía para mi futuro. Debo estar mutando, envejeciendo, enloqueciendo, asistiendo al magro espectáculo de haberme convertido en un ser normal. Qué lejos estoy de aquel que vivía en una burbuja sin odio, navegando en el cielo de las utopías. A salvo de elecciones presidenciales conformistas, falsas revoluciones y besos de ensueño. Promesas de redención, de una patria justa y soberana, un paraíso en la tierra y la cercanía de un dios piadoso y gentil.
Sin embargo, no estoy emplazado por mis acreedores, ni hay una viga sobre mi cabeza, ni tengo cita en Tribunales. En ciertas noches, luego de un día de calor como para abatir búfalos, me siento en los reinados del patio a merced del alucinógeno destilado en alambiques propios que llevo instalados en mi cerebro y me dejo arrastrar por abstracciones de epifanía.
Mi equipo sale campeón del mundo, humillo y echo a un volcán a los dictadores y aquellas mujeres que me fueron negadas se ahogan en el mar o escriben sagas con mi nombre. Ningún vecino cuida sus bienes en exceso, los medicamentos son gratuitos, no hay llaves en las puertas. La basura no sirve como alimento, las clases son una fiesta en los colegios, las prostitutas se emplean como guías turísticas. El fútbol sólo se propaga en domingo, las islas no se incendian y los amigos nunca mueren. Nadie rubrica un acuerdo con papeles, los jubilados dictan cátedra de vida, los ladrones donan sangre todos los días. Y ya no preciso de la comida, del sexo como cucarda o de la gloria como pendón. Les pido a todos disculpas por la molestia, por el enjambre contradictorio y tal vez ilusorio, por el palabrerío de este insomne descarriado que, pese a todo, sabe que es feliz.
Vivir esclava de la duda, persiguiendo la verdad desesperada hasta encontrarla, y luego, sentirme encadenada... El ángel efímero ha caído en desgracia. Desdicha consciente de la inconsciencia obstinada... ¡Ilusión de tener las manos llenas y certeza absoluta de no tener nada! Y me dices que me amas, y mis ilusiones se desatan. Quiero soñar y no puedo, ¡Por favor, devuélveme el alma!
Las paces, por Marisol Fernanda Carbajal (18-07-2009)
Hoy voy a hacer las paces con vos, a decantar la firmeza de mis artilugios ineficientes, a hincar sospechas en convenios más recientes aún.
Hoy voy a despedirme. Porque hacer las paces es despedirse, decirle adiós a las nociones del bien y el mal y hacernos cargo de nuestro amor y humanidad. Es un equilibrio sensato, un traspaso de energía justiciera, de avaricias con zarpazos de angurriento y de maltrecho, hacia la nada, el vacío.
¿La paz no es entonces el bien? No, la paz está mucho mas lejos, prescinde de arrebatos solidarios, de euforias y frenesí. Nos mira y sonríe.
Se burla de nuestras prosas desentrañadas en cotidianas reflexiones que tropiezan con giros macabros. Y acaban anhelando entre las velas del décimo cumpleaños la paz mundial.
Hoy voy a decirle adiós, quedate conmigo pero caminá detrás, voy a pintar en mi almohada abrojos y estrellas, verte de cerca, y hacer que mi paz no sea más que hacer las paces con vos.
Debo confesarte lo inconfesable esperarte al pie de lo eterno enterrar lo susodicho el hacha contra la ley la insolente eufemia el estruendo contra el hombre la protesta contra el vómito
Necesito volver a pasar por tus horas en algún sitio están los cuerpos que desarticulan la esencia esdrújula de mi inclusión las voces íntimas de la reconstrucción nos llaman me hacen fuerte la búsqueda de tanto hueso ahuecado el antónimo de un olvido que ofende.
Si no te supiera frágil no te convocaría si no fuera incompleta tu indigente escasez la exigua tozudez de no convertirte en presente tu vacilación frente a lo banal tu incapacidad de agotar lo abominable por sí mismo si no supiera que un hombre recordando es todos los hombres.
En mi persistente forma de ser sólo humano quiero volver a pasar por mis aprendidos genes quedarme con nada en mis cuerpos enseñarle la puerta al olvido y que me ayudes a emerger por encima de los sueños desenterrando mis certezas y miedos para orillar tu continente de restos.
Te espero en gritos cada siglo para salir de la noche de esos ojos.
Estás en la última noche bohemia; con tu eterna simpatía, buscando esa vieja canción de vida, que de niños nos acunaba.
En el tiempo estamos, todavía, JORGE, DIEGO, YUNE, GUILLO, TALERA Y CHUFONE. Y tantos otros nombres, de otros tantos hombres, que adolescentes buscábamos el beso amigo del vino en esas noches luleñas llenas de amaneceres conocidos.
Por irte del aire, como el humo de tu viejo y olvidado ingenio, no quise despedirte y por esa manía/costumbre, que me dejó la vida, de buscar en los recuerdos los amigos perdidos.