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LITER-ARIA,revista de escritura y creación

LOS PLIEGUES DE LA ESCRITURA A VECES SE NOS ABREN

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- Desde el vientre, por Marcelo Gómez Bello
- La vida me viene, por María del Pilar Moreno (del libro POEMAS Y MUROS COMO PUENTES)
- EL BOLSÓN, por Marcelo Gómez Bello
- Los exilios voluntarios, por María del Pilar Moreno Martínez
- METÁTESIS, por Lily Jalile
- Por momentos, por Marcelo Gómez Bello
- APRENDIENDO A VIVIR SIN TI , por Augusto Lázaro
- NADA PERMANECE, por Augusto Lázaro
- ESTA CASA MIA DONDE YA NO RESPIRO, por Augusto Lázaro
- Nuestro perfume, por Giselle Possi
- LA LLUVIA, por Marcelo Gómez Bello
- EL 73, por Marcelo Gómez Bello
- LAGRIMAS ROTAS (para ella sin saber nada de esto), por Jorge López
- El grito en el agua, por Leandro Anaguano
- Tardanza de la olvidanza, Guillermo Háskel
- Machado, Guillermo Háskel
- Lluvia monótona, por Leandro Anaguano
- El día, por Leandro Anaguano
- El tesoro, por Lucrecia Morales Lezica
- AMOR, por Giselle Pérez
- VOCES, por Marcelo Gómez Bello
- LA SONRISA, por Marcelo Gómez Bello
- Tiniebla intermitente, por Leandro Darío Anaguano
- El día, por Leandro Darío Anaguano
- EL RECUERDO, por Marcelo Gómez Bello
- DESDE EL DESDÉN, por Marcelo Gómez Bello
- CUANDO EL SOL SE PIERDE, por Marcelo Gómez Bello
- CASA RODANTE, por Marcelo Gómez Bello
- LA BRÚJULA, por Marcelo Gómez Bello
- El genio de la lámpara, por Marcelo Gómez Bello
- EL CAMINANTE. ANA MARÍA MANCEDA
- LA ABUELA ROSARIO .ANA MARÍA MANCEDA
- LA DUEÑA DEL MUNDO. Ana María Manceda, en Antología “El color de las palabras” 2009
- Princesa del Sur, por Pedro Villafañe
- VERSOS BRUTALES, por Marcelo Gómez Bello (4 de mayo de 2011)
- EL TIEMPO, por Marcelo Gómez Bello (4 de mayo de 2011)
- MORANTE EN MADRID, porJorge Luis López Carrasco
- El alma del árbol, por Erasmo Sondereguer
- MALDITA NOCHE, por Jorge LUis López Carrasco
- Admiro a los que lucen inteligentes, por Diego Marazza
- ¿Dónde encontrar la clave?, por Marita Villafañe
- Las paces, por Marisol Fernanda Carbajal (18-07-2009)
- Che Memoria, por Juan Disante
- Cuarto en tinieblas, por Pulina Guerra (noviembre de 2010)
- PUERTO DE PALOS, por María del Pilar Moreno
- Con la escritura original, por María del Pilar Moreno (septiembre de 2010)
- A la primavera de un lápiz, por María del Pilar Moreno Septiembre de 2010)
- AMIGO, por Roberto Lascano
- Incertidumbres, por Roberto Javier Rodríguez Santiago
- En el principio, por Roberto Javier Rodríguez Santiago
- El credo del bebedor social, por Roberto Javier Rodríguez Santiago
- Prohibir las horas, por Francisco Robles Postigo (Málaga)
- El alambrado, por José Cantero Verni, de VERSOS SOBRE FÚTBOL (escritor de Salta)
- La vida ligera, por María del Pilar Moreno Martínez
- COMO SI NO, por Lily Jalile (abril de 2010)
- ESTA HUELLA..., por Lily Jalile (abril de 2010)
- Recuerdos, por María de los Ángeles Gómez
- PUEDO, por Juan Cruz Portela (Córdoba)

Desde el vientre, por Marcelo Gómez Bello


Desde el vientre
sin tiempo, ni memoria
y con conciencia,
única forma posible
de vida.
El individuo,
desborda un viaje pasional
y temporal
para ser lo que es:
una pálida promesa
sin tiempo, ni memoria.

*********************
Ya nada importa,
todo lo perdí
y todo lo gane.
El fin es un juego
que no tiene fin,
y cada comienzo
tiene un valor
incalculable.
Vivir otra vida
con la misma sangre
preanuncia una
irreparable existencia.
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La vida me viene, por María del Pilar Moreno (del libro POEMAS Y MUROS COMO PUENTES)


I

La vida me viene
   
(tan rápidamente fragmentada)

en una hoja de papel
que se triza varias veces
hasta terminar en el cesto.

Me viene en el sonido
de alarma de
las ambulancias.

Solícita y aguda
huye la vida
y presiento

(mientras caen los pedazos de papel)

que así sonarán los huesos;
a papel rasgado
cuando en un día cualquiera
estallemos
y en polvo nos diluyamos

(como pastillas efervescentes)

hasta hacernos otros,
invisibles a lo que éramos
cuando lo pensamos
en una tarde
al abrigo
de las palabras y del viento.
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EL BOLSÓN, por Marcelo Gómez Bello



Una carcajada negra e hiriente
se nota en el plástico,
atragantada de sensualidad:
glorifica un falso espectáculo,
como una lengua popular.
Alivia pasajeras angustias,
tentadas por la voluntad
de reptiles hostiles,
dejando sin luz
a los espíritus luchadores.
Para ti, espanto sombrío
estos versos...
Para ti, que devoras poco a poco
la inocencia del hombre
caído.
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Los exilios voluntarios, por María del Pilar Moreno Martínez


Los exilios voluntarios
enmudecen las piernas  sombrías
de los cuerpos;
asaltan con ignorancia
el rumiante secreto de los héroes.

Los testimonios fueron callados
por la indefinición de las historias
que crean aquella cadena de retos
ilegítimamente guardados.

Excluyen en forma decisiva
la violencia de entrar
por medios propios a las tumbas
y torturan la experiencia
a la que destruyen como a mercancía;
crean aquellos relatos cortos
a los  a perpetuidad reemplazan por otros.

Dicen y al mismo tiempo no
como liberaron los testimonios
protegidos por el anonimato.

Nómadas vagan los camellos
por algún desierto
rebuscando en el fondo de las bolsas
la honda seducción de alguna luna;
y la indefinición claudica en un momento
cuando se forman las letras
que acallan las explicaciones
en el especial zanjón
de las tumbas perdidas y
de alguna muerte lejana.
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METÁTESIS, por Lily Jalile


Éste es el sitio, mi hora ya dilecta.
Es la calle precisa, la genuina
conjunción de mi huella, que ilumina
este farol, con timidez perfecta.

Soy esa luz, la sombra que proyecta
sobre esa luz el árbol de la esquina,
y el horizonte que alguien adivina
bajo una luna oculta o circunspecta.

Me veo en cada cosa de mi entorno,
me siento en ella única y entera.
Hacia las cosas voy, de ellas retorno

como el agua de Heráclito, viajera,
que roe voraz la piedra del contorno,
y es agua al fin, y piedra verdadera.
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Por momentos, por Marcelo Gómez Bello

 Por momentos la ilusión
se despega de la realidad,
no quiere volver,
no vuelve,
se siente libre
en su inmensidad.
Allí, el adiós no es
despedida
y el yo no es yo,
ni tú;
todo lo contrario.
Desde entonces,
solitaria y llena
abraza, abraza…


              ***

Descubro la poesía,
la mía,
en medio de la enredadera
cotidiana.
Con hoja y lápiz en mano,
escribo hurgando
el paisaje interior.
El viento vuela
de un lugar a otro
con los versos,
y ahí voy yo,
respirando por primera vez:
descubro la poesía,
¡la mía!


              ***


Mis pies caminan
a la deriva,
esperando el encuentro
de una señal.
Susurro en mí ser
que sea Ella,
en el camino.
Cansado sin ver,
como un ciego
escucho:
el frescor estúpido
del amor.
En silencio,
a la deriva sigo.
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APRENDIENDO A VIVIR SIN TI , por Augusto Lázaro

cada nuevo amanecer abro los ojos
intentando desperezarme de tu ausencia
rendirme a la evidencia de que ya no estás
tras las persianas sólo veo árboles sin hojas
aceras que ya no sostienen tus pasos
calles por donde ya no cruzas para acercarte a mi añoranza
entonces la soledad es un martillo golpeando mi cabeza
y lacerando mis horas inútiles
qué difícil este empeño de creerme que estoy aprendiendo
a vivir sin tu amor
asfixiándome en la pesadez de los domingos
que reptan en mi entorno lentos y agobiantes
porque ya no estamos juntos en ese mismo espacio
donde quizás recuerdes el tiempo de los dos
que absurdamente se nos ha escapado
me esfuerzo inútilmente en deshacer nostalgias
en olvidar recuerdos
en no pronunciar en voz alta tu nombre
pero qué difícil qué imposible este empeño
de creerme que estoy aprendiendo a vivir sin tu amor

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NADA PERMANECE, por Augusto Lázaro


Pues va a ser que el viejo Heráclito tenía razón:
no hay amor infinito ni amistad al cien por ciento
confiable, segura, duradera.
Todo pasa y a veces no queda sino un pobre
recuerdo de lo que pudo ser
porque no fuimos capaces de hacer que lo fuera
en realidad
y no sólo en los recónditos deseos
de lo hermoso que podía haber sido.
La vida siempre nos juega una mala pasada
y cuando más nos creemos afianzados
a un hallazgo, a una esperanza,
al toque de la varita mágica
que por fin nos regala su halo inconsútil,
suena el despertador que nos sacude
gritándonos, interrumpiendo el sueño embelesado
de la idealización
-siempre hermosa, edificante, alentadora-,
que ya es la hora de que reaccionemos
a tiempo de no caer en el abismo
de la verdad tan cruel que nos aplasta
y nos convierte en un desencontrado más...

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ESTA CASA MIA DONDE YA NO RESPIRO, por Augusto Lázaro

tu perfume, el perfume que siempre dejabas en la almohada
después del intermedio a un nuevo encuentro
desenfrenado y a la vez tan lleno de ternura en el epílogo
esta casa mía donde sólo ha quedado la rememoración
de nuestro atormentado amor amenazado siempre
por tus nerviosas miradas al reloj y tus impedimentos
para dedicarnos por entero a amarnos sin más paliativos
que la muerte cuando al fin nos separara
aunque nos habíamos jurado en el vórtice
del placer disfrutado hasta el clímax
amarnos hasta después de muertos
¡qué ilusos! ¡qué desatinados tan inmersos
en el escaso tiempo y en el reducido espacio
que cobijó nuestro inusual cariño!
y ahora ¡ay! ya no queda más que el resto
de lo poco que pudimos permitirnos
en esta casa mía tan llena de tarecos
de cosas inútiles que me rodean
cuando inevitable y repetidamente
te echo tanto de menos

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Nuestro perfume, por Giselle Possi


Veintiún años de un suspiro,
donde otros te conocieron más aún
y yo te viví dentro.
Es extraña la ausencia
de alguien que no estuvo
y que llegó a ser mucho.
Es difícil decirles que te recuerdo,
contarles que sé todo de vos desde la intuición
por haber sido parte de tu cuerpo.
Podría describirte según mi imaginación
y contarles que sos tierna y suave
Te veo soñadora y graciosa. Sentada a mi lado
abrumada por mis desganos y nostalgias,
observándome de lejos anclada en mi vida
Queriéndome a la fuerza de esa forma
y sintiendo mi misma añoranza de un abrazo...
Se sorprenden porque recuerdo tu perfume
y no notaron que es idéntico al mío;
que se siente en el ambiente,
que lo llevo en el espíritu y se cuela por mis poros
para cicatrizar heridas de otros tiempos.
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LA LLUVIA, por Marcelo Gómez Bello


Sangre del cielo
diserta en la tierra
el llanto de los dioses,
empapando la quietud
de las sombras,
que gozan.
Y el  silencio crece,
mojado en la sensualidad
de los amantes.
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EL 73, por Marcelo Gómez Bello


El cuerpo que habito
áspero como la mentira,
se mira frente al espejo
tratando de atrapar la
pasajera imagen,
que sabe a ceguedad.
Y busco en esa estatua
el susurro infinito
de la inocencia,
para mutar en el frenesí
del resplandor.




Cansado de hablar sin voz
recito unos versos
que imploran
tristeza en la hoja
Y ellos, con su gran soledad
muestran la frágil
imagen de un mortal.
No tengo condena,
si tengo vida
para conducirme
hacia el recuerdo - vestigio olvidado-
de la muda esperanza.
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LAGRIMAS ROTAS (para ella sin saber nada de esto), por Jorge López


Ultimas copas
rayan el amanecer,
el cansancio agota,
miras al frente
y ya no ves
en la esquina del bar,
ningún idiota.


Lágrimas rotas
que rodarán mejilla abajo
hasta la sopa,
adolescencia que bulló
en un abrir y cerrar
de piernas peligrosas;
cicatrices que no besarán
tu boca, y no hicieron
más que hervir, en el vil
relámpago de la memoria,
delirios de un amor
que sangró en su derrota.

Ya no te veo,
de vez en cuando
alguna vez de lejos.
Ya no atraviesa mi frente
la luz de tus ojos negros,
ni me paro temblando,
en el aire que enreda tu pelo,
ni trepo, ni ladro,
ni muero, ni mato
por ti, como aquel enero,
cuando me dijiste
“no te puedo querer”,
y yo, te seguía queriendo,
y, ¡sin podértelo demostrar!.

Ya no me duele
recordar lo que no fue,
hoy quemo en un papel
tantos años haciéndome comprender.

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El grito en el agua, por Leandro Anaguano

Transeúnte excrecencia que acaricias
los poros del rescoldo
esa
      lágrima de árbol
que resguarda la memoria pájara
y gris indefinida
una brisa que se apaga al mediodía
porque todo es octubre
raza que anochece
estertor de arcilla
estupor irrevocable ala
y escombro sobre ruina.

Cómo decir: quema la herradura,
lastima los oídos la lengua del belfo,
si tienes castrada la lengua y amordazados los dientes.
Dilo
       con un grito en el agua.

¿Y tú
         transeúnte excrecencia?
Gran Libro
de extirpada página
tienes llena de oro la boca.
Acaricias a la madre que asesina
sus entrañas en el agua.
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Tardanza de la olvidanza, Guillermo Háskel

mal de amores
mal de amores
en busca de la
olvidanza
bien de amores
bien de amores
que se tarda en
su tardanza
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Machado, Guillermo Háskel

escruta
cabizbajo
guijarros
por senderos
y en el viento
los resuelta
y retórnalos
luceros
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Lluvia monótona, por Leandro Anaguano

Comisura ciega
lánguida pestaña.

Cansada de las callosidades
hambrientas
de la mugre  en las uñas
del barro en los pies.
Resbala monótona
tristeza de gota en la ventana
acariciando prominentes  pómulos
desembocando en tus labios mudos
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El día, por Leandro Anaguano

Diáfano
como alas de libélula esteparia
imperceptible,
inane,
compuesto de misterios
y laberintos minúsculos.
En el vano de las cosas inocuas,
también en los piélagos
y en el ápice,
en el tímido pábilo:
dilatorio y mortecino...
finalmente las prístinas sombras:
infinitas y sin memoria.
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El tesoro, por Lucrecia Morales Lezica

Como un cuento en que los príncipes  rescatan doncellas, así decidió esperar algún día a que vuelva. Sin enojo, sin lágrimas, sin más…sumergida en un sueño profundo y ese beso que la despierta, adormecida aún, con la pesadez del transcurso del tiempo. Mientras tanto soñar...
Y decidió escribir esta historia para que algún día quizás la lea aquel, su príncipe  hacedor de sueños. Pasó el tiempo   y  cuando lo invoca   se enferma  de amor sin diagnósticos certeros. Cada síntoma travieso le recuerda que no hay cura para el amor, no hay remedio; sólo él sabe sanar el deseo...y esa mágica poción es para el último aliento.
En el cuento es tan vívido ese último encuentro recorriendo con las yemas de sus dedos sus labios sus párpados caídos;  cada recodo de su rostro surcados en su memoria. Rozando suavemente para no  dañar ese recuerdo y luego apoyando sus labios en los suyos, en  sus mejillas,   en su piel, en su cuello con el corazón latiendo  en esos lugares tan profundos   tan mágicos y de ensueños. Sobre sus hombros se pierde, se embriaga, se nutre, se olvida. No hay palabras solo silencios que impiden definir el amor sin tiempo. De memoria recorriendo el amor porque ya no hay cuerpo! Y lo ama  sin consuelo como un niño que perdió su juego. El desgarro de parir sin vida. Besando sus labios delicadamente como si fueran un cristal a punto de quebrarse, apenas el contacto,  respirando y rozando como mariposa en su último aliento.
Los sentidos, ¡qué bendición los sentidos!, la vista,  el olfato, el gusto, el oído y el tacto. El registro en cada uno hacen parirlo de nuevo a capricho y voluntad de su cuento. Y resguardan hasta el fin de sus días esa huella indeleble de acero que ni aún la muerte puede borrar si es que hay un Edén sin tiempo.
Qué más da ella lo ama  y el tiempo no tiene tiempos en la eternidad del último encuentro. Recorriendo lo que es suyo lo guardó en el cofre de  recuerdos y de la mejor manera: perfecto,  sin defectos. Hoy, mañana…cuando quiera, lo evoca a capricho porque lo lleva adentro y lo grita en silencio aunque él no lo escuche y aunque quede  sin voz al hacerlo
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AMOR, por Giselle Pérez

Amor que me infundes  alegría.
Amor  que te me escondes
y te me apropias.
Amor que me inunda de poesía.
¡Amor, poetisa de alas blancas!

Amor la palabra justa y precisa,
la princesa fugitiva.
Amor, el guardián de la puerta escondida.
¡Amor pudoroso, amor transparente!

¡Amor una mariposa que vuela
en los cielos que hipnotizan!
Amor, quédate dormida.
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VOCES, por Marcelo Gómez Bello

Las voces de los versos
Van cavando,
Los impulsos del placer,
Que inducen
Reflexiones internas.
Y el tentador revoltijo,
Tejido de incertidumbre,
En la luz,
Registra el pulso
Agitado del silencio;
Mientras rescata
A quien lo interpela.
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LA SONRISA, por Marcelo Gómez Bello

La sonrisa sobrevive
En el eterno descanso,
Muda y trémula
Con el pesar de los amigos.

Donde los demonios
Cierran los ojos;
A oscuras sigue
Su espíritu…

Preanuncia la luz
En el reino del sueño
Como esperando morar
En una casa despoblada.

Sonriendo llega,
Nada le importa
Y ahí queda
Enquistada en el recuerdo
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Tiniebla intermitente, por Leandro Darío Anaguano

Las palabras que mueren en los labios
yertas caen al piso,
las lágrimas petrificadas
en las órbitas de impenetrables escleróticas.

Las intermitencias,
las luciérnagas,
las nubes,
el oculto ocaso,
las invisibles estrellas.

Piedras disgregadas,
polvo minúsculo,
vaho microscópico.

¿Qué ocultan las tinieblas?
¿Y los intersticios?
Lo impensable,
lo indecible,
lo inasible,
lo inexistente.
"Las páginas vacías de la historia"
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El día, por Leandro Darío Anaguano

Diáfano
como alas de libélula esteparia
imperceptible,
inane,
compuesto de misterios
y laberintos minúsculos.
En el vano de las cosas inocuas,
también en los piélagos
y en el ápice,
en el tímido pábilo:
dilatorio y mortecino...
finalmente las prístinas sombras:
infinitas y sin memoria.
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EL RECUERDO, por Marcelo Gómez Bello

Consumido como una vela
recorre el espacio
moldeando el deseo
de estar vivo.
Redobla la memoria
envuelto de esperanza,
donde vibrará el mañana.
Cerca del esperado fin
declina fastidioso
por la ausencia del hoy.
Y se inmola
en la fosa del sueño.
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DESDE EL DESDÉN, por Marcelo Gómez Bello

Desde el desdén
los acontecimientos
giran con desgano.
Los proyectos quedan
insomnes,
vestidos de luto
en la avenida
de la bienvenida.
Las decisiones,
clausuradas en el mañana
remiten incertidumbre
con la renuncia.
Y el abandono,
no obligado
elige bancar el fracaso,
como forma de vida.
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CUANDO EL SOL SE PIERDE, por Marcelo Gómez Bello

Atrapado en la oscuridad,
abarrotada
cuando el sol se pierde,
desmembró pensamientos,
que son encantos
aun en la tormenta
de simulación, al igual
que un grito gutural,
mientras delimita
la salida
con grandes promesas.
Y yo, tan solo…
en la despedida,
que todavía no ha llegado.
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CASA RODANTE, por Marcelo Gómez Bello

Es una casa rodante
doblada en la punta
y de estilo surrealista.
Adorna la vereda
como visita obligada
de los días.
En su interior, las sillas
no son sillas, no hay
mesas y las paredes
son de cuero.
Sus habitantes, una familia
de cinco, muy unida.
No reciben a nadie,
ni a su vecino
por su olor a queso.
Juntos e inseparables
caminan a su destino
con pequeños saltos.
La casa rodante,
es mi pié.
Y yo, escribiéndole…
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LA BRÚJULA, por Marcelo Gómez Bello

Imantada en su celda redonda
circula recta
hacia el norte
sin mirar a los costados
ni atrás,
desnudando los vestigios
del rumbo.
Tiene asuntos pendientes
en el sur
que jamás podrá realizar
como buscando consuelo
se dice:
- dios es JUSTO.


Iba desnudo
caminando por el cielo
cuando de repente…
una nube con forma de botella,
escupiendo el corcho
se acerca a los gritos.
Sin entender lo que pasa
frente a mí se para.
Altiva y derrumbándose
con espumas en la boca
me dice:
- el vacío está cerca.
Sólo quería
el último beso.
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El genio de la lámpara, por Marcelo Gómez Bello

El genio de la lámpara
aparece cansado
de tantos masajes.
Con cierta gracia y elegancia
muestra la cabeza
impulsado por el bostezo
hasta la sonrisa del creyente.
Escucha los deseos (tres)
de honor,
sabiduría
y educación.
Sorprendido por el pedido
otorga los tres en uno.
Sobrellevando los restantes
por la nada.
El genio nunca volvió
a la lámpara.
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EL CAMINANTE. ANA MARÍA MANCEDA

¿Qué es navegar por los copos de nieve?
Quizás uno busca en este viaje
algún ruido de voces
ante tanto silencio blanco
voces que lleguen desde el sol
o desde una cálida noche llovida de estrellas.
Ya me envuelve la fatiga del camino
por estos infinitos paisajes patagónicos
abriré mis manos
para dar mi brújula y mis nómades
tesoros.
Ahora debo guardar mis ropas y mis poemas
en el cajón vacío de tus medias
y después vender mi linyera
al caminante joven
a quien veré
marchar.
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LA ABUELA ROSARIO .ANA MARÍA MANCEDA

                                     

Crecí junto a ella, la abuela Rosario.
La vida nos trajo hacia tierras húmedas
rociadas, mojadas por gotas de plata.
Quedaron tan lejos los cañaverales
las zambas, los ritos, pequeños lagartos.
Quedaron las tumbas, fantasmales gritos
de guerras patrióticas, de indígenas sabios.
Quedaban...quedaban...todas las raíces
el trópico, la selva, los cerros
perfumes lejanos.

¿Qué trajo con ella la abuela Rosario?
Más que palabras evoco sus silencios
trágicos silencios, silencios de ausencias
y su mirada, tierra oscura de musgos,
doliente, sorprendida de ver horizontes.
Su olor a naranjos y su caramelo de menta
y el cigarrillo de chala que fumaba por semana.
Sus velas, sus santos, su fe inquebrantable.

En la gran cocina de la casa platense
ella esculpía, pintaba con sus manos mágicas
el aroma lujurioso, el sabor profundo, misterioso
de las antiguas, exquisitas comidas del Noroeste;
tamales, tortillas, locros, empanadas
ají molido, cebolla de verdeo, ternura
y una niña quieta que heredó nostalgias
mirando asombrada, como se amasaba
con las manos mágicas, repletas de historia
un destino errante.
Imágenes, largos cabellos canosos, peinetones
Imágenes, arrugas morenas y el tiempo
abuela Rosario. Está por nevar y no entiendo
al viento, a tu ausencia, ni a iconos olvidados
de la infancia.*************************
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LA DUEÑA DEL MUNDO. Ana María Manceda, en Antología “El color de las palabras” 2009


Es irónico, al menos risueño, ir en un bus hacia el trabajo
una mañana de primavera y sentirse la dueña del mundo
porque sí, porque los ojos inmensos brillan , el cerebro bulle de proyectos y las hormonas esclavizan el cuerpo.
Soy la dueña del mundo.  Vivo al límite, por eso he llorado y he escrito un poema esta mañana, tan solo esta mañana por la guerra de Viet-Nam.
El otro día, la semana pasada fue por lo de la FAO.¡ Hay hambre en el mundo! Mientras la lluvia cae insobornable sobre la historia, arrasando las espigas y las esperanzas. La sequía acecha, el desierto acecha. Y los pájaros  cantan sobre la tierra.
Soy la dueña del mundo, no me alcanza el tiempo, aún a los dueños del mundo no les alcanza el tiempo.
Por la tarde, mientras el sol se cuelga e insiste empujando los vitrales del subsuelo, ayudado por los aromas de las flores del bosque que abraza  a la Facultad, me sorprende extasiada mirando por el microscopio ; una célula vegetal o la espora de un hongo o el perfecto cristal de una roca.
Yo extasiada, y no me alcanza el tiempo.
Por la noche el azar me lleva, el tiempo tampoco alcanza
las estrellas se alejan, mis manos, mi cuerpo no pueden seguirlas
quizás mi cerebro; sí mi cerebro, sí mi cerebro.
Amanece. La dueña del mundo comienza su ebullición.
Ocurren tantas cosas en el planeta y la familia sigue la estúpida, nociva
tarea de autodestruirse, mientras ocurren tantas cosas en el planeta.
La lluvia cae y el desierto acecha. Los pájaros siempre cantan.
Olores, jazmines, río , noche húmeda. sabores, panchos, pizzas, asados.
Crepúsculo y cerveza. Amores. Libros, libros, libros. Música, amigos,
se juega a ser hippie, bellos, comprometidos. Recitamos poemas en francés.
Es irónico, al menos risueño ir en un bus y sentirse, porque sí,
la dueña del mundo. Hace mucho, mucho tiempo. Ahora es más irónico aún.
Amanece,  caen copos de nieve en mi jardín
en la cama, un cuaderno,  una lapicera y mi cerebro
sí , mi cerebro ¡ Flasch! Y soy la dueña del mundo.******


ANA MARÍA MANCEDA . SAN MARTÍN DE LOS ANDES. ARGENTINA
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Princesa del Sur, por Pedro Villafañe


Cada vez que lloras,
ríos de llanto
vienen hacia mí
desde el lugar más austral
de tu corazón.
¡Princesa del Sur!

Cada vez que hablas,
tus palabras
me traen el cristal del azúcar
y la lluvia fértil para mis sentidos.

Cada vez que sonríes,
me das la alegría de la cosecha
y la esperanza de volver a sembrar.
En invierno, me regalas rayos de sol
y en verano, los hielos del Aconquija.

Sólo tengo por cierto
en este caminar inseguro
que tu realeza sobrepasa
a mi pobre corazón plebeyo.
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VERSOS BRUTALES, por Marcelo Gómez Bello (4 de mayo de 2011)

El presente devoró mi pasado
intemporal me siento
No tengo nostalgia
tengo soledad,
desconsuelo
y llanto.
Hoy soy así,
vivo los días sin ayer
masticando el desolado
porvenir
de un pasado vencido.



Me despierto después del ocaso
pero ya es tarde,
estoy solo.
Recorro inocente por los pasillos
de guardapolvos blancos.
Nadie escucha mis gritos,
el eco del vacío
destella en la nada.
Soy el único que escucha,
pero ya es tarde,
diagnosticado de demencia
libre de culpas, me despierto.

El umbral de la casa
oscuro y empapado
de hojas de otoño
recoge con el viento
la necesidad de un camino solitario.
Pero no podrá
con las hojas
que inventan alas
y vuelan con los sueños.




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EL TIEMPO, por Marcelo Gómez Bello (4 de mayo de 2011)

Carcomiendo tú forma de ser
Arrastra tu actitud
Como un destello
Empalma tu pertenencia
En la cocina de la vida.

Encontré el sol
debajo de la sombra
lleno de fuego
como nadie lo hizo

El brillo de la providencia
entra en mi ser
con un cuento fantástico

Un mosquito cantando
me despierta.
la tragedia vuelve
y anuncia la falsa perfección.
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MORANTE EN MADRID, porJorge Luis López Carrasco

Qué digo ahora,
si todo quedó dicho
sin palabras por verónicas
sobre la arena,
más esa media irrepetible
de un ángel de seda.

Si hoy las Ventas,
del Espíritu Santo
ha vibrado como nunca,
ha sentido el toreo
estremecerse a flor de piel
en sus cimientos.

Y ha llorado, como lloran
los toreros como tu.
como lloran los torpes
maletillas como yo,
de emoción y de alegría,
por ese sueño hecho realidad
en tus muñecas.

Volando al aire el capote
anunciador del éxtasis
de tu embroque,
cosiendo cada centímetro de embestida
a la escultura viva de tu empaque,
jugando con la muerte
entre alamares.

Al limbo de los pegapases,
después de ti, todos y nadie,
un lujo sin igual,
punto y aparte:
ver deletrear con tu arte
el abecedario de los toros.


Morante y las Ventas
marcan un antes y un después
quedará grabado en la memoria
del tiempo,
por los siglos de los siglos.
Amen.

                        Mayo 2009.
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El alma del árbol, por Erasmo Sondereguer

Como grandes muñones
desmembrados de cuerpos
que vivieron antaño
cuando el hombre no había
irrumpido en la tierra.

Así estaban los troncos
en el suelo arrojados
En el suelo sintiendo
un espíritu de árbol
Un gigante presente
y de ausencia poblado.

Y fue el hacha golpeando
la madera silente
que sin quejas audibles
arrasada moría.

Y de ti nace el fuego
en las llamas te quemas
y tu alma crepita
y cenizas te vuelves

Y a partir de ese instante
en el aire, en el viento
como pájaro vives
porque vuelas, te esparces
en el tiempo y espacio
prodigando tu vida.
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MALDITA NOCHE, por Jorge LUis López Carrasco

                        (para ti que me lees)


Es la noche inhóspita
en la que todo parece terminar,
como termina todo,
la noche que arremete
desde el cielo con su furia,
de relámpagos y truenos,
cruel estrépito que llora
otra muerte entre mil muertes.
A la misma hora,
en el mismo día,
en el que un corazón
rebosa veneno,
y, un algo parecido al diablo,
habla con mi boca,
y camina con mis pies,
y se retuerce después
inyectado en sangre,
partícipe de mi derrota
inexorable;
desesperando, tras la ilusión
que emana en sangre
de las venas del dolor.
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Admiro a los que lucen inteligentes, por Diego Marazza

Admiro a los que lucen inteligentes, opinan cosas brillantes y son perspicaces. Yo me siento torpe, al extremo de que mis pálpitos se pierden, pues son pálpitos de un distraído.
Admiro a los que creen en un dios, cuando los horrores de la condición humana alcanzarían para desconfiar de su mediación divina y de su "a imagen y semejanza". Los envidio sinceramente y con fervor; mi estupidez es tal que deposito mi pasión en mirar pasiones ajenas.
Admiro a los que son limpios de espíritu, a la gente que muestra sus sentimientos sin reparos, porque en ello reside su fortaleza. Yo esquivo exponerlos por miedo, creyendo que lo hago por delicadeza.
Admiro a los honestos de bolsillo y de alma: yo soy un fluctuante entre el ser y el parecer y a menudo he propiciado pequeños hurtos con el atenuante que el mundo me debe algo por tratarme tan injustamente.
Admiro a los que descubren en los catálogos cómo funcionan los aparatos domésticos; a los que recuerdan los nombres de cada actor, cada película, cada libro; a los entendidos en tópicos inasibles como circuitos eléctricos o mecánicas de objetos necesarios. Mi ciencia sólo sabe de dispersión y desmemoria: cuento estrellas y las clasifico por color hasta que me quedo dormido.
Admiro a los prósperos que se han labrado un porvenir mercando con necesidades ajenas como la salud, la comida o el sexo. Debo ser un estúpido que no podría dormir tranquilo sabiendo que lo que tengo lo necesitan otros y sólo pagando evitarían sus hambres distintas.
Admiro a los que saben seducir. En la mayoría de los casos las mujeres a las que accedo terminan contrariadas con mi cortejo y aceptan más por aburrimiento que por deseo.
Admiro a los náuticos, a los marinos de verdad que conocen la lucha brava contra los elementos. Yo sólo soy un estúpido que sabe mucho de literatura de oleaje pero de seguro vomitaría en cubierta ante un leve azote del pampero. Además creo que bajo la superficie hay algo monstruoso que acecha y me está esperando desde siempre.
Admiro a los que logran salir indemnes de las mentiras; psicópatas domésticos e imperturbables, triunfantes de oratoria sensual. Yo soy un estúpido que cree que las palabras tienen vida propia y que su mal uso las envenena. Soy de los que tartamudean con cualquier sanata inofensiva.
Admiro a los que cuentan chistes con gracia y se constituyen en el alma de las fiestas. En ellas suelo elegir un rincón y se me pegan chifladas, solitarios o poseídos indefectiblemente.
Admiro a los que saben seducir. En la mayoría de los casos las mujeres a las que accedo terminan contrariadas con mi cortejo y aceptan más por aburrimiento que por deseo.
Admiro a los náuticos, a los marinos de verdad que conocen la lucha brava contra los elementos. Yo sólo soy un estúpido que sabe mucho de literatura de oleaje pero de seguro vomitaría en cubierta ante un leve azote del pampero. Además creo que bajo la superficie hay algo monstruoso que acecha y me está esperando desde siempre.
Admiro a los que logran salir indemnes de las mentiras; psicópatas domésticos e imperturbables, triunfantes de oratoria sensual. Yo soy un estúpido que cree que las palabras tienen vida propia y que su mal uso las envenena. Soy de los que tartamudean con cualquier sanata inofensiva.
Admiro a los que cuentan chistes con gracia y se constituyen en el alma de las fiestas. En ellas suelo elegir un rincón y se me pegan chifladas, solitarios o poseídos indefectiblemente.
Admiro a los ambientalistas que protegen el aire, la tierra, el agua o que salvan especies enteras del exterminio. Soy un estúpido que aún hoy tira los papeles en el piso y al ver a un animal no deja de pensar cómo sabrá su carne a la parrilla.
Admiro a los diseñadores, a quienes saben combinar pigmentos y ropa: yo no puedo ponerme una camisa y un pantalón sin parecerme a Piñón Fijo.
Admiro a quienes disfrutan con el baile y se los ve ligeros, libres en serio. Yo soy un estúpido fóbico y anorgásmico para las cuestiones de la danza; uno de esos que sueñan con lanzarse a las pistas y volar dentro de sus zapatos, pero éstos están rellenos de plomo y toda la gente no hace más que fijarse en nosotros, esperando que caigamos en ridículo.
Admiro a los felices sin testigos ni sombras de acechanzas: soy como he dicho otro, un paranoico al revés que teme que la gente busque hacerlo feliz. Admiro a quienes tienen paciencia con los niños y los entienden: soy un estúpido sin talento para el hecho. Son para mí unas presencias animales insondables como las criaturas que viven en el fondo de los mares.
Admiro al que cree en el más allá. Yo no dejo de pensar que es un placebo redentor que nos hace conformistas, pero amortigua los dolores. Debo ser un estúpido que solo compra cosas nuevas, nunca usadas. Admiro a los vencidos que lucen estoicos, a los héroes que no están en el bronce, a los luchadores sociales con el corazón intacto. Yo sólo soy un pobre estúpido que desconfía, aun de las causas justas.
Admiro a los elegantes y a los nocturnos, a los revolucionarios y a los audaces, a los agnósticos y a los ilógicos, a los libertos y a los libertinos. A los jóvenes amables, a las mujeres prácticas, a los viejos expertos. A los argonautas y a los astronautas, a los pacifistas y a los paisajistas, a los perdedores y a los emprendedores, a los exóticos y a los exagerados.
Admiro a todos ellos y a muchos más. Todo lo ajeno me deslumbra y me parece rotundo. Yo sólo soy uno que no entiende de nada y deduce que el mundo ha de ser por siempre ancho y ajeno. Un estúpido al que sólo le interesa cómo se combinan las palabras.
Pero hoy en día, ya no sé qué siento realmente. Mi cabeza me pide condescendencia y armonía, pero un fragmento de ella me contraría, empeñada en mantenerme de malhumor. Con mi tendencia bien argentina de erradicar los males de forma impropia, les echo la culpa a los demás; a la nevada en ciernes, anunciada por los medios, a la aprobación de la ley de unión civil para que todos amemos con igual intensidad y, tal vez, al campeonato adverso de una divisa que sienta sus reales por el parque de la Independencia. Aduzco un cansancio acumulado, el abandono de la plaza de buscador de encuentros amorosos y de una edad más que adulta con su consiguiente menopausia varonil. Antes, y no hace mucho, me molestaba por ejemplo la invasión de propaganda yanqui, ahora lo que me disgusta es que sus productos sean tan caros.

Antes me ofuscaba el ocultamiento de la verdad, ahora me preocupa cuando una amante no sabe mantener el secreto de su condición. Antes me contrariaban los lejanos disparos de una guerra, ahora me pone nervioso el silbato del cuidador nocturno o el estúpido campanilleo del vendedor de helados. Antes me enloquecía no poder establecer una comunicación telefónica, ahora las indicaciones interminables de una voz grabada. Antes el libre albedrío que debía reinar en una casa, ahora las miguitas en la cama, el olor del sanitario o un mate mal cebado.

He pasado de una molestia universal, poética y humanitaria a otra de cabotaje, pequeña, mísera, caprichosa. Es mi nueva condición y lo admito. Hay menos selvas pero más desiertos. Menos golpes de Estado pero más Estados forjados a los golpes. Menos fábricas pero más humo. Menos petróleo pero más automóviles. Más democracia pero menos ideas. Poco ha cambiado, no obstante. La gente se asesina por un plato de fideos, un color, una divisa o una mujer. Y el mundo sigue andando, sólo que ahora, en mi territorio de nuevo varón adulto, sencillamente me electrizan las minucias que yo antes reservaba a los otros, a los tontos, a los llanos, a los chatos.

Mi malestar se compone de fobias puras, de dolores agudos en el alma de las cosas y los objetos; una superstición sobre la malignidad del destino que vive haciendo lo imposible para que no me sienta pleno. Y para muestra un resumen de incomodidades: los vendedores que te atienden como si te hicieran un favor enorme; las confesiones ruidosas en los bares y con celulares; los autos en doble fila o los que pasan atronando marcha o cumbia; los artistas callejeros sin talento, los enfermos de optimismo, los chicos perdiendo juventud en los cybers, los graffitis idiotas, los taxistas que se creen filósofos y las modelos que se creen actrices. Los festejos del Día del Amigo, las reuniones de ex alumnos y los clubes de enólogos. Los ascensores pequeños, los relatores deportivos y los bares mugrientos. Los que rechinan los dientes en busca de una basurita, las biromes secas y la demora de los remises a domicilio. La gente que habla del tiempo, los que silban una melodía interminable y desafinada, los chóferes que te abruman con la mecánica de sus cascajos, las canciones parroquiales que emanan de algún antro religioso, los conductores de programas infantiles, los Operación Triunfo, los que dejan ladrar a sus mascotas durante horas, los galanes bronceados. Y así, un sinfín de pequeñeces que me hacen la vida difícil.

Ya no sé lo que siento en mi nueva piel. Antes era veloz y despectivo con estos avatares; los eludía con elegancia juvenil, ahora me atropellan. Esta mañana, por ejemplo, muy temprano en la pantalla de mi televisor apareció un funcionario cortando una cinta inaugural de algo; luego un cantante me aulló acerca de una verdad reveladora y una propaganda de manteca me instaba a creer que gracias a un pote redondo la familia estaría más cerca del amor. Luego, quise salir y no encontré las llaves, ni el paraguas, ni mis dientes postizos. Vivo contrariado, confuso, ofuscado y a años luz de lo que fui y presentía para mi futuro. Debo estar mutando, envejeciendo, enloqueciendo, asistiendo al magro espectáculo de haberme convertido en un ser normal. Qué lejos estoy de aquel que vivía en una burbuja sin odio, navegando en el cielo de las utopías. A salvo de elecciones presidenciales conformistas, falsas revoluciones y besos de ensueño. Promesas de redención, de una patria justa y soberana, un paraíso en la tierra y la cercanía de un dios piadoso y gentil.

Sin embargo, no estoy emplazado por mis acreedores, ni hay una viga sobre mi cabeza, ni tengo cita en Tribunales. En ciertas noches, luego de un día de calor como para abatir búfalos, me siento en los reinados del patio a merced del alucinógeno destilado en alambiques propios que llevo instalados en mi cerebro y me dejo arrastrar por abstracciones de epifanía.

Mi equipo sale campeón del mundo, humillo y echo a un volcán a los dictadores y aquellas mujeres que me fueron negadas se ahogan en el mar o escriben sagas con mi nombre. Ningún vecino cuida sus bienes en exceso, los medicamentos son gratuitos, no hay llaves en las puertas. La basura no sirve como alimento, las clases son una fiesta en los colegios, las prostitutas se emplean como guías turísticas. El fútbol sólo se propaga en domingo, las islas no se incendian y los amigos nunca mueren. Nadie rubrica un acuerdo con papeles, los jubilados dictan cátedra de vida, los ladrones donan sangre todos los días. Y ya no preciso de la comida, del sexo como cucarda o de la gloria como pendón. Les pido a todos disculpas por la molestia, por el enjambre contradictorio y tal vez ilusorio, por el palabrerío de este insomne descarriado que, pese a todo, sabe que es feliz.

                                                                                  San Miguel, Tormenta de Verano de 2011

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¿Dónde encontrar la clave?, por Marita Villafañe

Vivir esclava de la duda,
persiguiendo la verdad desesperada
hasta encontrarla, y luego,
sentirme encadenada...
El ángel efímero
ha caído en desgracia.
Desdicha consciente
de la inconsciencia obstinada...
¡Ilusión de tener las manos llenas
y certeza absoluta de no tener nada!
Y me dices que me amas,
y mis ilusiones se desatan.
Quiero soñar y no puedo,
¡Por favor, devuélveme el alma!


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Las paces, por Marisol Fernanda Carbajal (18-07-2009)

Hoy voy a hacer las paces con vos,
a decantar la firmeza de mis artilugios ineficientes,
a hincar sospechas en convenios más recientes aún.

Hoy voy a despedirme.
Porque hacer las paces es despedirse,
decirle adiós a las nociones del bien y el mal
y hacernos cargo de nuestro amor y humanidad.
Es un equilibrio sensato,
un traspaso de energía justiciera,
de avaricias con zarpazos de angurriento
     y de maltrecho,
hacia la nada, el vacío.

¿La paz no es entonces el bien?
No, la paz está mucho mas lejos,
prescinde de arrebatos solidarios,
de euforias y frenesí.
   Nos mira y sonríe.

Se  burla de nuestras prosas desentrañadas
en cotidianas reflexiones
que tropiezan con giros macabros.
Y acaban anhelando
entre las velas del décimo cumpleaños
la paz mundial.

Hoy voy a decirle adiós,
quedate conmigo pero caminá detrás,
voy a pintar en mi almohada abrojos y estrellas,
verte de cerca, y hacer que mi paz no sea más
que hacer las paces con vos.

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Che Memoria, por Juan Disante

Debo confesarte lo inconfesable
 esperarte al pie de lo eterno
 enterrar lo susodicho
 el hacha contra la ley
 la insolente eufemia
 el estruendo contra el hombre
 la protesta contra el vómito

 Necesito volver a pasar por tus horas
 en algún sitio están los cuerpos
 que desarticulan la esencia esdrújula de mi inclusión
 las voces íntimas de la reconstrucción nos llaman
 me hacen fuerte
 la búsqueda de tanto hueso ahuecado
 el antónimo de un olvido que ofende.

 Si no te supiera frágil no te convocaría
 si no fuera incompleta tu indigente escasez
 la exigua tozudez de no convertirte en presente
 tu vacilación frente a lo banal
 tu incapacidad de agotar lo abominable por sí mismo
 si no supiera que un hombre recordando
 es todos los hombres.

 En mi persistente forma de ser sólo humano
 quiero volver a pasar por mis aprendidos genes
 quedarme con nada en mis cuerpos
 enseñarle la puerta al olvido
 y que me ayudes a emerger por encima de los sueños
 desenterrando mis certezas y miedos
 para orillar tu continente de restos.

 Te espero en gritos cada siglo
 para salir de la noche de esos ojos.

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Cuarto en tinieblas, por Pulina Guerra (noviembre de 2010)

 

Un  pasillo a media luz,                                

una habitación hacia el final,                        

una puerta a medio abrir…                              

la antesala

de un cuarto en tinieblas.           

                                                                     

Velas que iluminan vagamente,                    

muros cubiertos en cuadros,                         

tapices cargados en polvo…                             

testigos del tiempo.                                       

                                                                     

Ventanas empañadas:                                   

reflejos de historias                                      

de cuerpos sudados,                                      

de amores infinitos.                                     

 

Libros apilados

en rincones perdidos                                             

sus páginas en blanco                                      

sin aventuras / sin biblias / sin sueños.

            

Desamparados por futuros desiertos.                   

     

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PUERTO DE PALOS, por María del Pilar Moreno

 

Cuánta vena estallada en esa tarde de palos

en que salieron las calaveras en solemne algarabía

sobre la mar salada.

Cuánta brújula desecha por los vientos que cruzaban

enrevesó los planes y enloqueció las agujas

de la rosa de los vientos sobre las manos ajadas.

Cuánto miedo sobre los rostros dormidos

de insomnio pobre y cansado escoltaba el timonel

de aquella nave fantasma.

Cuánto surco sobre el agua

desaparecía apenas  haberse formado

cuando la nave pasaba.

Engaño ya proyectado

(porque el surco sobre el agua es más

fuerte que la traza sobre tierra

donde establecieron morada)

 

 

 

Cuánta afrenta de muerte

se transportaba

en las cuatro calaveras

que el agua salobre embriava.

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Con la escritura original, por María del Pilar Moreno (septiembre de 2010)

 

Con la escritura original

de la mancha de eva sin adán.

 

Vaporiza al mundo asustado

 

Come uva y no manzanas

(saben a miel de azahares)

 

Espera la hoja aromática

con el corazón iluminado.

 

Escribe al hombre infestado

con un grito filoso.

 

Alaba a la muchedumbre

con un grano de voz.

 

Conjura las libaciones vertidas

con quitamanchas de alhelíes.

 

Ataca las infecciones divinas

así como a la autoridad celosa.

 

Percibe el alba

como promesa sin soplo.

 

Crea el paraíso inicial

con una nueva memoria

enlatada de aceite esencial.

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A la primavera de un lápiz, por María del Pilar Moreno Septiembre de 2010)

 

Un lápiz de algodón

(que no fuera con azúcar)

Aunque podría tratarse de un lápiz para comer

(preparar entonces un mantel, por las dudas)

Si así fuera, lo masticaríamos minuciosamente

para deglutir una por una todas las palabras

que podría haber escrito y nunca logró hacerlo.

Un lápiz que lleve un sello de primavera;

con pájaros secos a la orilla del camino;

con pájaros de madera a cuerda o a pedal.

Un lápiz de palabras olvidadas

que se desmemoriaron en los recovecos

de todas la memorias,

Tus palabras, las de ella, las de él.

Mis palabras,

las que no fueron y se fueron por el barril

            (siempre sin fondo)

de las palabras perdidas.

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AMIGO, por Roberto Lascano

                                                    A Camilo Catella

  Estás en la última noche bohemia; con tu eterna simpatía, buscando esa vieja canción de vida, que de niños nos acunaba.

En el tiempo estamos, todavía, JORGE, DIEGO, YUNE, GUILLO, TALERA Y CHUFONE. Y tantos otros nombres, de otros tantos hombres, que adolescentes buscábamos el beso amigo del vino en esas noches luleñas llenas de amaneceres conocidos.

Por irte del aire, como el humo de tu viejo y olvidado ingenio,   no quise despedirte  y por esa manía/costumbre, que me dejó la vida, de buscar en los recuerdos los amigos perdidos.

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Incertidumbres, por Roberto Javier Rodríguez Santiago

La  tarde  recorre  por  mi  silencio        

su  último cielo.                                                                                                      

Poco  a  poco  recojo  las  nubes  en  mi  pecho.                                             

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En el principio, por Roberto Javier Rodríguez Santiago

 

En  el  principio, yo  era  un  destello  de  agua

parpadeando  en  el  pétalo, 

cuyas  alas  dulcemente  se  mecían  en  el  aire.     

                                                                                                                                                                                           Efímero  como  todos  los  destinos     

acribillados  despiadadamente  por  los  vientos,

me  declaré  ojo  en  la  punta  de  la  piedra      

guardando  para  mí  el  virgen  dolor  con  voz  muerta.         

Así, aún  lazarillo, me  martirizó                

el  yugo  antropófago  del  sol  en  vuelo. 

 

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El credo del bebedor social, por Roberto Javier Rodríguez Santiago

Somos  muchos                                                                

en  la  taberna          

bebiendo  el  alcohol  

 que  de  día  en  sudor                                                                    perdimos.                                                                            

Nos  sentimos  tristes…                                                   

Aún  no  sentimos  el  viernes              

que  el  alcohol  nos  promete.                                          

Pero  nosotros  somos  fieles.   

¡Y  el  alcohol  nunca  nos  traiciona!            

Es  leal  a  nuestra  billetera.                      

¡Siempre  y  cuando  esté  llena!       

Es  leal  a  nuestra  tristeza.           

¡Aunque  el  rostro  se  nos  haga  trizas!             

Es  leal  al  silencio…                    

Nosotros  no  hablamos:                                                   

¡qué  lo  hagan  los  locos       

por nosotros!   

¡qué  Hollywood  los  loros                                              

ponga  a  hablar                                                                

por  nosotros!,       

porque  no  somos    

capaces  ni  hasta  de  balbucear       

libremente  sin  que  una  gota  de  alcohol     

nos  haga  palpar                                                              

que  existimos  a  veces…                                               

…y  que  creemos  más  veces                                       

en  el  alcohol  que  bebemos             

que  en  la  vida  que  vivimos.        

 

 

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Prohibir las horas, por Francisco Robles Postigo (Málaga)

 

Es secreto

el minutero.

Amanece,

se  clavan los  codos

en polvos blancos,

en lonchas de vida

gastada.

Está prohibido vivir,

copular,

encontrarse con uno mismo

después de las diez.

Me fui conmigo a bailarme

finales en bares rojos.

Besos tristes

para quererme los ojos.

Las noches que se fueron

nunca fueron verdad.

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El alambrado, por José Cantero Verni, de VERSOS SOBRE FÚTBOL (escritor de Salta)

 

Nadie sabe lo que sufro

pegadito al alambrado,

hasta el último minuto

al tejido estoy colgado.

 

Mi garganta se desdobla

tengo el gol agazapado,

entre insultos y alegrías,

de victorias y fracasos.

 

Y vibras con mi locura,

contenes también mi llanto

sos la piel de un sentimiento,

futbolero apasionado.

 

Abrazado a tu tejido,

que circunda todo el campo

hasta el borde de la cal

vas envuelto con mi canto.

 

Voy trepado a tu figura

aferrado con mis manos,

compartiendo cada sueño

hasta el último pitazo.

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La vida ligera, por María del Pilar Moreno Martínez

 

Ligera, como  partícula

de tiempo pasado

te cruzó la vida

en una mañana de derroche.

Era como fantasma angustioso

en la sombra,

en la noche,

y me preguntó

y yo no le respondí

porque las palabras

se habían agotado

en el pozo de reserva

de palabras contestables

para tal pregunta.

Además de preguntar-digo-

¿porqué interroga

sobre  lo que sabe;

lo que presiente;

lo que tiene la certeza de saber?

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COMO SI NO, por Lily Jalile (abril de 2010)

 

He sacado mis huesos a la calle

para andarla con paso de jirafa.

Y me sorprendo pensando

que no entiendo por qué

con sólo batir brazos

no pueda volar entre las gentes,

como pájaro o murciélago

para cubrir los días y las noches

desde ajena cornisa;

me pregunto por todos estos rostros

que jamás reconozco en el espejo,

y me digo: no se puede

andar por ahí diciendo

que uno es otro, diferente.

De barro, sí, pero distintos

como lo pueden ser

un adiós y una sonrisa.

Hay algo de feroz arrogancia

en este andar en andrajos por la calle.

Una como soberana rebeldía

de caracol entre libélulas,

de fuerte comezón de vientre,

de alma, de cutículas,

de Quasimodo orondo y solitario.

 

Pero cuando yo me muera

volveré al público cielo

de los que como yo, caminan

o reptan por este llano despoblado.


Pero cuando yo me muera,

y quepa mi maleta

en el hueco de una sola lágrima,

alguien dirá “era buena”

y no sabré qué responder

que no suene a risa o a sarcasmo.

Pero cuando yo me muera

nadie morirá conmigo

y tal vez sea mejor que ni me muera

para no tener que responder

tanta pregunta, tanto “cómo fue”

y “qué has hecho”.

 

Pero cuando yo me muera.

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ESTA HUELLA..., por Lily Jalile (abril de 2010)

 

Esta huella mojada de mis besos,

¿quién te dijo que puede ser borrada?

Es signo y blasón, marca sagrada

con que unjo tu cuerpo hasta los huesos.

 

Óleo ceremonial, que en los procesos

devotos de la entrega, abrumada,

la copa de la sangre germinada

nos derramó sobre los cuerpos presos.

 

 

Ya nada es yermo en ti: te fertiliza

la liturgia ancestral en que nos damos.

Tómame tú, amado, ya no temas,

 

que hay un íntimo altar que sintetiza

las palabras que nunca pronunciamos:

ven a cambiar tus piedras por mis gemas.

 

 

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Recuerdos, por María de los Ángeles Gómez

Se tiñe la tarde de palabras y recuerdos...

se detienen las agujas para manchar con letras un papel;

una imagen se dibuja desde tu nombre

y un pecho herido llora los recuerdos del ayer.

 

Cobran sentido las palabras en el verso,

salen queriendo y sin querer

piden dolientes socorro y olvido.

y una voz melódica se libera cobrando poder.

 

Violentas a mi oído vuelven en rumores tus palabras

y en dolientes latidos siento mi corazón agitar

las letras pierden en sus frases el ritmo

y una garganta melódica comienza a gritar...

 

Recuerdos a montones surgen de repente,

imágenes sólidas que quiero borrar

el pasado se tiñe de negro frío,

y en horas oscuras es compañero de mi soledad.

 

Insiste en el pensamiento la palabra NUNCA,

y un corazón delira queriendo cumplir;

más al instante, un latido renace violento

en un constante e irremediable sentir...

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PUEDO, por Juan Cruz Portela (Córdoba)

Puedo apagar el sol

y hacer del día una noche invencible,

puedo susurrarle versos al viento

para que los lleve

hasta tu balcón. Puedo escuchar

el arrullador sonido de tu voz

a la distancia,

y dibujar tu silueta

en el raído lienzo de mis días. Puedo amanecer

en el ocaso,

si es que acaso tu luz es mi farol,

y tejerte una mortaja

con mis más rebuscadas palabras. Puedo encaminarme

hacia cualquier parte

siguiendo una estrella errante

y una y mil veces volver a vos.

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